Breve genealogía del Transhumanismo y sus estrategias

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Lo que diferencia esta generación de las que registran los mitos clásicos es que no se produce “según la carne” sino a través de “espíritu santo” que constituye por así decirlo una especie de fuerza seminal o espermática que suple la imposibilidad de que el dios trascendente tenga relaciones sexuales.

Voy a intentar resumir aquí, a modo de una breve genealogía del transhumanismo, las diversas estrategias ideológicas gue se han dado en la Historia para legitimar la dominación como derivada del orden natural de la generación biológica.

Antes de que se “inventara” la genética existía la genealogía y los poderes se justificaban por su procedencia de una cadena más o menos larga de antepasados que se remontaba a una o más divinidades. El poder descendía a la tierra desde las alturas transhumanas solamente por vía patrilineal. Lo hijos humanos de las diosas podían ser inmortales y podían tener una influencia grande en la sociedad y su recuerdo perpetuarse a lo largo de las generaciones pero, en general, morían o eran arrebatados al “paraíso” de los inmortales sin dejar descendencia en la tierra. O al menos sin dejar descendencia “legítima”, porque le transmisión de lo que hoy en día llamamos “caracteres heredados” no se producía a través de la mera generación “según la carne”, sino por medio de una decisión, de un acto de voluntad del espíritu.

Este acto en general era también un acto de violencia pues pretendía transgredir el orden natural del mundo, arrancando a los seres humanos de su animalidad primigenia y elevándoles a un estado de consciencia más próximo al de los dioses. Los dioses varones acostumbran a perseguir encarnizadamente e incluso a violar a sus amantes humanas. Las diosas en cambio seducen a los suyos, lo que no deja de tener consecuencia inversas y no son pocos los amantes de diosas que acaban convertidos en algún tipo de animal o se sumen en una existencia tenebrosa y oscura.

En sociedades muy consolidadas, el poder puede prescindir casi totalmente de la cadena de generación biológica y transmitirse mediante actos de elección sucesoria bajo la forma de la “adopción”, como era el caso por ejemplo del Imperio Romano, siempre y cuando se cumplan correctamente los ritos que garantizan el acuerdo de los dioses y la correcta transmisión de la virtus dominatrix. Y aún así rara vez el poder se transmitía fuera de los ámbitos genealógicamente troncales (tribu, clan o familia extensa). Cuando estos ámbitos troncales tienden a diluirse las sociedades suelen articularse en castas o estratos endogámicamente cerrados y jerárquicamente superpuestos. Cuanto más bajo en la jerarquía se haya uno de estos estratos, más improbable se torna la reconstrucción genealógica de un linaje pues poder y memoria van siempre inexorablemente unidos. Los estratos más bajos sólo son endogámicos respecto a sus estratos superiores y pueden estar abiertos a todo tipo de intercambio con los estratos inferiores de sociedades limítrofes o con grupos errantes, nómadas o exiliados. Son el receptáculo último de la impureza.

En el judaísmo , dada la completa transcendencia de su divinidad, los antepasados fundadores de tribus y de clanes no son hijos biológicos del dios, pero quedan vinculados estrechamente por la adopción. Es esta adopción la que se transmite genéticamente a través de familias y tribus.

El primer punto de inflexión  en la genealogía del transhumanismo tiene lugar en el seno del cristianismo, que originariamente no es sino otra secta judía de tantas. Dadas sus pretensiones de universalidad y su proyecto de extenderse por todas las naciones, tiene que desligarse de todo tipo de transmisión genealógica. Esta nueva subjetividad comunitaria ya no puede fundarse en vínculos identitarios naturales, “según la carne”, sino en un nuevo concepto que es la filiación espiritual. El nuevo concepto de filiación “según el espíritu” se basa en parte en el concepto de adopción romano pero tiene características teológico-identitarias novedosas llamadas a jugar un importante papel en la legitimación del poder durante toda la Edad Media y el Renacimiento, prolongándose en algunos lugares hasta las postrimerías del siglo XIX.

Cristo, el antepasado del clan, es verdaderamente hijo del dios trascendente y es engendrado en una hembra humana. Lo que diferencia esta generación de las que registran los mitos clásicos es que no se produce “según la carne” sino a través de “espíritu santo” que constituye por así decirlo una especie de fuerza seminal o espermática que suple la imposibilidad de que el dios trascendente tenga relaciones sexuales. Otra diferencia es que a pesar de ser hijo de un dios de carácter notablemente masculino y patriarcal, desaparece como los hijos de las diosas sin dejar en la tierra ningún linaje “según la carne” que pueda reivindicar genealógicamente ningún tipo de privilegio. La comunidad se constituye en torno a él mediante un proceso de adopción que requiere no sólo un ritual iniciático, el bautismo, sino una renovación periódica mediante la incorporación en el propio cuerpo del cuerpo del mismo Cristo. Y todo esto propiciado por el mismo “espíritu santo” seminal que tuvo su papel en la generación biológica del salvador.

Todo esto implica, al menos en teoría, una transformación en la subjetividad del creyente que, interiorizando al hijo de dios, se vuelve él mismo hijo de dios y miembro celular de un cuerpo místico, la iglesia, que simbólicamente se empareja con Cristo como la esposa con el esposo. Todo este complejo de doctrinas teológicas va a jugar un papel importante en la legitimación de los poderes durante el medievo y el renacimiento, lo cual no nos interesa aquí mucho. Lo que sí que nos vamos a apuntar para verlo detenidamente en otra ocasión es la doctrina del cuerpo místico.

Esta doctrina tiene mucho que ver con uno de los proyectos transhumanistas que consistiría en la constitución de una gran mente universal de la cual formarían parte los seres humanos, a la manera de neuronas. Esto se llevaría a cabo mediante una gran inteligencia artificial a la que estaríamos todos conectados por Internet. Imagen maravillosa del orden social, con su cónclave de científicos y millonarios alojada en su interior controlándolo todo. Ya hemos hablado un poco de ello en otra parte y volveremos a hablar más y más largo del asunto. Por el momento nos contentaremos con remarcar que en la genealogía del transhumanismo contemporáneo el cristianismo aparece como el primer antecedente directo.

Sin embargo en la edad media y mientras dura el sistema feudal primero y el absolutismo monárquico después, el genealogismo biológico “según la carne” es de capital importancia. Es un mundo de señores de la guerra que adquieren el poder no heredándolo de algún dios mitológico sino pura y sencillamente por la fuerza, con la ayuda de Dios por supuesto. Según los pueblos invasores se van convirtiendo al cristianismo (y esto comenzó a suceder mucho antes de la caída de Roma) la genealogía mitológica se diluye, pero es suplida magníficamente por el derecho de conquista. Pertenecer a un determinado linaje significa heredar legalmente ciertos privilegios e incluso propiedades y bienes de fortuna. Y cuanto más próximo se está al tronco principal de estos linajes, más poder se posee y disfruta.

El hecho de que los conquistadores tengan frecuentemente genotipos muy diversos de los autóctonos conquistados va haciendo cuajar la idea de un orden jerárquico de las razas humanas. Idea que en siglos posteriores experimentará desarrollos teóricos dirigidos sobretodo a dar fundamento teórico al imperialismo colonial y a la economía basada en la esclavitud.

La Reforma, la Ilustración y las revoluciones burguesas, tras un largo y complicado proceso que tampoco nos importa detallar aquí, acaban con la “nobleza de sangre’ como justificación del dominio. Aunque la propiedad privada y la herencia hacen que el control permanezca siempre en manos de unas pocas familias, la movilidad social acrecentada y el énfasis puesto por los ilustrados sobre el conocimiento y la educación en la constitución de las subjetividades, disuelve toda idea de que el orden social pueda fundarse sobre el devenir natural de las generaciones. La humanidad deja de ser concebida como una planta que crece desde un centro y la posición de cada individuo ya no se explica por la rama en que la naturaleza le situó, sino en virtud de un complejo de influencias sociales más o menos aleatorias y de los méritos propios, producto de su personalidad. La naturaleza humana se concibe como esencialmente igualitaria y el poder, centralizado y reglamentado en los estados, como producto de un contrato originario entre individuos libres e independientes.

En este tejido maravilloso del orden social iluminado por la antorcha de la Razón y protegido de toda inclemencia por el paraguas protector del Contrato Social, los cada vez más frecuentes conflictos sociales, las luchas de clases más y más encarnizadas y las guerras entre estados nacionales, cuya mortalidad crece a la par de la tecnología industrial, constituyen desgarrones de difícil sutura. En un mundo constituido por estados nacionales las teorías raciales al uso, si bien sirven para legitimar la conquista y colonización de pueblos lejanos o racialmente muy diferentes, son de escasa utilidad como explicación de conflictos entre estados vecinos con poblaciones mayoritariamente de raza blanca caucasiana y menos aún sirven para legitimar conflictos de clase. Por otra parte, las teorías de la personalidad, si se prescinde de cualquier relación causal con la pertenencia del individuo a un determinado “linaje de sangre”, tienen el efecto de arrojar más dudas sobre la supuesta igualdad de oportunidades que los estados nación ostentan como un principio fundamental de sus constituciones.

Estando así las cosas y en un momento de la historia en que parecía que el capitalismo iba a sucumbir victima de sus propias crisis y cuando los movimientos revolucionarios parecían estar a punto de ganar la guerra de clases, se produce el segundo punto de inflexión en la genealogía del transhumanismo.

El nacionalsocialismo enarbola un nuevo enfoque genético-naturalista del poder, que se construye teóricamente a partir de las doctrinas cada vez más difundidas del pseudodarwinismo social. Ahora el centro de la cuestión no va a estar ni en la raza ni en los linajes, puesto que razas y linajes tienden a degenerar por la mezcla con otras razas inferiores y por apartarse durante largo tiempo de una forma de vida natural y saludable. Ciencia y fantasía se aúnan así para construir una teoría y una serie de prácticas basadas en la idea de que el tipo racial puro es decidible, que se puede conocer el grado de proximidad de un individuo a dicho tipo mediante pruebas mensurables basadas en rasgos fenotípicos y que existen razas tóxicas cuya mezcla e incluso mera proximidad constituyen una fuerza degenerativa de la que a toda costa hay que liberarse.

El nacionalsocialismo es el segundo punto de inflexión en la genealogía del transhumanismo

El conjunto de los individuos que encarnan este tipo genético puro es el Volk, verdadera carne y sangre del estado nación. La misión del estado nacionalsocialista y de la élite, elegida en teoría entre los individuos más puros de la raza, sería reunir en torno a sí al Volk, purificarlo de influencias extrañas, restituirle el dominio sobre el espacio vital que necesita para su pleno desarrollo y dotarlo de una forma de vida que aumente sus potencialidades. En el centro del nacionalsocialismo hay por tanto un proyecto eugenésico de vasto alcance, guiado por principios racionales de naturaleza científico-técnica y orientado a la producción de una superhumanidad dominante, siendo así el antecedente in nuce de todos los proyectos transhumanistas que vendrán a heredarle.

Dado que las tecnologías biológicas de la época no estaban suficientemente evolucionadas el proyecto eugenésico se concreta en un modelo originado en las técnicas agropecuarias de selección, cría y prácticas higiénicas completado con un programa de adoctrinamiento intenso y la esterilización de los individuos que no fueran considerados actos para perpetuar la raza.

La guerra como práctica y como principio de vida, ocupa como todos sabemos, un lugar central en este proyecto. Permite no sólo la conquista del espacio vital y el exterminio de las razas tóxicas, sino que es en sí misma la encarnación de un conjunto de valores que definen y preparan a los individuos a asumir su papel de ejemplares de una raza dominante. La guerra forma parte, por tanto, del núcleo de este proyecto eugenésico. Perderla y verse reducidos a aceptar una rendición incondicional supuso el final del sueño transhumanista de unos pocos y de la pesadilla de millones.

El sueño de legitimar la dominación mediante la biología, renacerá en las postrimerías de siglo XX, con los nuevos desarrollos de la biología y la aplicación indiscriminada del paradigma cibernético a todos los ámbitos de la realidad. La gran novedad va a ser el abandono de la idea de que existe algún tipo de orden natural en el que poder basar y legitimas nada y la postulación de un orden tecnológico dotado de una causalidad independiente de las decisiones humanas. La teleología, expulsada desde la Ilustración del ámbito de la ciencia, pasa por la puerta de atrás de la mano de la nueva clase de tecnócratas a ocupar el centro de un sistema filosóficamente pobre pero ideológicamente muy imaginativo.

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Luis Bartolessi

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Luis  Bartolessi

Me gano la vida desarrollando webs en Java, PHP, javascript, o tocando el saxofón, según vengan las cosas. Me interesan la filosofía, los medios de comunicación, la antropología, la tecnopolítica. Leo mucho Lacán, Zyzek, Foucault, Evguen Mozorov, Carola Frediani, Duccio Canestrini, Silvia Federici, Mohsin Hamid, Amin Maalouf, Yourcenal, Wittgenstein, etc, etc...

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