A buscarme a la tierra…

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A buscarme a la tierra venían pastores,
a la tierra que habito desde hace mil años
a buscarme venían pastores cantando
y dejando mi nombre deshacerse en el eco.

Segadores de blancas estrellas, de sólidos brazos,
de cintura entregada a la danza de las hojas de acero,
cuyas piernas se hunden en lagos dorados y pisan
de la espiga la carne crujiente, la médula aérea.

Cazadores con cuernos de ciervo y voz de peñasco partido,
leñadores que sueñan con cuerpos de vírgenes muertas,
pescadores sutiles, arañas del agua, y viciosos
viñadores que beben la sangre de toros nocturnos.

A buscarme venían a veces y a veces sonaban
en la noche sus cuernos oscuros, sus cuernos de caza;
a buscarme venían, rodeaban mi frágil madera,
perseguían mis vísceras húmedas, secaban mi aliento.

Me ofrecían las mirras lustrales que sus labios destilan,
esparcían el polen oscuro que les hace inmortales,
y extendían sus redes. Mi sangre era un lago, mis ojos
se escapaban a veces y a veces se hundían en sus ojos profundos.

Apretaban mi pulso, contaban mis años y anillos,
y danzaban forzando a la tierra a llover en sus manos
enervantes perfumes de frutos dulcísimos,
de venenos aciagos y néctares puros y densos.

Bramaban las bestias calientes de piel erizada, de patas de yesca,
aullaba la iguana, cantaba su canto de gallo prehistórico,
ululaban las aves, crujían sus cañas vacías, sus huecas antenas
y los huesos que duros tambores golpean o límpidos cráneos.

Yo esperaba, esperaba el deshielo del tiempo,
el retorcerse de la uva, el ciclo
de los azúcares lentos,
me dejaba crecer los cabellos, miraba
el progreso letal de la yedra en mis párpados secos,
en mis párpados llenos de espinas y hojas
igualmente ignorantes del llanto y del sueño.

La noche era un lento reloj sin esfera,
el tiempo una huida de pájaros negros,
las duras raíces leñosas abrían
sus caños voraces de sombra sedienta.

Llegaron los machos cabríos,
sus patas quebraron los últimos hielos,
sus dientes mordieron los musgos, golpearon
el tronco de un árbol dormido sus cuernos.

La curva caliente del cuerpo que excita la hoguera,
la plata que brilla en los ojos quemados de un ciego,
el ruido de un hueso que abraza a otro hueso, el ladrido
de un perro que quiere espantar el dolor de la muerte.

Tantas cosas sonaron: las ranas croando,
los reptiles rozando la ciénaga turbia,
los relojes oscuros del grillo, las garras
en la piel o en la piedra, en la chispa o la sangre.

Tantas cosas sonaron
y se hicieron doliente instrumento
en el órgano oscuro del bosque,
en mi piel y en mis huesos,
que nacieron panales de cera amarilla y amarga
invadiendo de graves zumbidos
mis oídos enfermos de fiebre y de cólera.

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Luis Bartolessi

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Luis  Bartolessi

Me gano la vida desarrollando webs en Java, PHP, javascript, o tocando el saxofón, según vengan las cosas. Me interesan la filosofía, los medios de comunicación, la antropología, la tecnopolítica. Leo mucho Lacán, Zyzek, Foucault, Evguen Mozorov, Carola Frediani, Duccio Canestrini, Silvia Federici, Mohsin Hamid, Amin Maalouf, Yourcenal, Wittgenstein, etc, etc...

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