Mano extendida…

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Mano extendida,
fragmento de mi cuerpo
que, no sin extrañeza, miro de vez en cuando.
Con ella he convivido durante tanto tiempo
que he llegado a olvidar que es parte de mi forma,
de mi existencia humana.

Mano,
y no solamente materia,
mano,
y no sólo animada,
sino también espacio del contacto posible,
posesión imprecisa del que no tiene nada.

Qué raro es tener manos, despertarse
un día azul de Marzo,
cuando la luz hiriente de un sol casi estrenado
entra en la habitación,
me desgarra las sábanas
y las transforma en puro
destello, en luz de hilo.

Despertarse y alzar
entre el sol y los ojos
el apéndice mano
como escudo que ampara;
el apéndice mano,
tan barroco, tan raro,
que casi juraría que ha crecido esta noche
cuando estaba durmiendo.

Tal vez de tanto acariciar la extensión solitaria de paredes desnudas,
las tapias blancas de los suburbios,
los muros grises de las oficinas,

los barrotes un poco salitrosos de los parques cerrados,
algunos perros demasiado mugrientos,
algunas pieles mercenarias,
unos zapatos rotos,
una cámara,
un libro,
a ti,
a mí,
piel,
huesos,
musgo en las rocas,
polvo de las repisas,
liquen en la corteza del árbol,
mapas de relieves inquietantes y mares azules,
escaparates donde los objetos esperan privados de tacto.

Tal vez de tanto acariciar
hice, como se hacen tantas cosas,
sin tener tiempo de desearlo,
estas dos manos,
enemigas entre sí,
perfectamente simétricas
e imperfectamente sensibles.

Sonata de las manos
que un día
separadas del cuerpo construyeron
a base de tacto
y de mudas señales al azar emitidas
una forma de humana existencia
ahincada en las cosas concretas,
sumamente reales.

Manos viajeras
que se hicieron mundo
al cortar las alas de su propio sueño.

Manos de sordomudo,
manos levemente lascivas de blandos alfareros,
manos entretejidas,
una contra la otra,
cerradas,
huecas por dentro.

Panal de invisibles abejas
que volando de nervio a nervio,
de hilo en hilo,
de labio a labio,
de extremo a extremo,
construyen con la cera blanquísima del tacto
celdas exagonales donde el tiempo está quieto.

O manos de mendigo
o manos de muerto,
manos que sostienen una sábana
que infinitas hormigas comieron,
manos que anudan hasta la desesperación
la cuerda larguísima donde se abandonan los sueños,
manos todavía calientes
al lado del vaso que poblaron las moscas,
manos silenciosas atando
una cruz al extremo de un ábaco negro.

O manos de músico
o látigos de cuero,
cuerdas de viola rompiéndose
o venas surcando un muslo mordido.

Manos arrugando papeles,
cercenando flores,
cerrando ojos quietos,

surcando una piel sin señales,
abrochando botones,
clavando alfileres,
serrando maderos,

pulsando teclados,
haciendo girar manivelas,
arrojando ladrillos a un pozo,

montando esqueletos de animales dormidos,
desarmando sonetos.

Estas manos que tienen cinco dedos
e infinitas líneas donde todo está escrito,
estas manos que heredé de mis antepasados
y que tengo guardadas en su estuche viejo
por si acaso un día necesito usarlas
para defenderme de los largos acechos.

A veces me parece como si en vez de manos
tuviese enormes pinzas escarlata,
me siento algo cangrejo y no me atrevo
a saludar a nadie.
Cabizbajo,
manos en los bolsillos,
camino avergonzado,
como si se tratase de una culpa
que me perteneciera,
lamentando mis torpes pulgares oponibles
y envidiando las alas, las garras o las ruedas.

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Luis Bartolessi

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Luis  Bartolessi

Me gano la vida desarrollando webs en Java, PHP, javascript, o tocando el saxofón, según vengan las cosas. Me interesan la filosofía, los medios de comunicación, la antropología, la tecnopolítica. Leo mucho Lacán, Zyzek, Foucault, Evguen Mozorov, Carola Frediani, Duccio Canestrini, Silvia Federici, Mohsin Hamid, Amin Maalouf, Yourcenal, Wittgenstein, etc, etc...

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